
Lo que sí piensa Grayling es que, tal vez, ningún ateo debería presentarse como tal, ya que la misma palabra es una concesión a los teístas e invita a debatir en su campo. Sería más apropiado denominar "naturalistas" a aquellas personas que observan el universo como un reino natural gobernado por las leyes de la naturaleza. Desde esa postura, se infiere que no existe entidad sobrenatural alguna, ni duendes, ni hadas, ni ángeles, ni demonios, ni ninguna suerte de deidades. Si utilizamos el término ateo, para las persona que niega cualquier instancia sobrenatural, con la mismo lógica podríamos denominarlas "ahadista" o "aduendista". Grayling recuerda aquí, para reforzar su postura, que la creencia en hadas estuvo muy extendida hasta principios del siglo XX, muy combatida por la Iglesia al ver una evidente competencia supersticiosa; si la institución católica acabó ganando, fue con seguridad gracias al fuerte control de la educación primaria. Grayling entonces, en la misma línea que Michel Onfray, se atreve a equiparar la creencia en Dios con cualquier otra superstición cultural (el filósofo francés llegó a compararla con la creencia en Papá Noel). Así, el término naturalista es más apropiado que ateo y, con la misma lógica, a los teístas debería denominárseles sobrenaturalistas, los cuales debería esforzarse en refutar los descubrimientos de la física, la química y la biología para así justificar su creencia en seres sobrenaturales que crearon el universo y lo gobiernan. Grayling relaciona el ateísmo (o naturalismo) con una filosofía o una teoría, o en última instancia con una ideología; en cualquier caso, el naturalismo solo puede proporcionar lo que acepta a la luz de pruebas que lo llevan a esa postura, es conocedor de qué lo refutaría y está dispuesto a revisar sus propuestas cuando así lo dicen nuevos datos. Aunque la ciencia es objeto de muchas críticas en la sociedad moderna, cuando lo que verdaderamente hay que denunciar es su instrumentalización por el beneficio económico y el poder político, Grayling recuerda cuál es la esencia de la ciencia y no extraña entonces que "no haya habido guerras, pogromos o muertes en la hoguera en nombres de teorías rivales de la biología o la astrofísica".