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18/8/14

Bakunin: Una vida excepcional.

Mijaíl Aleksándrovich Bakunin nació en Pryamújino (Tver), Rusia, el 31 de mayo (el 18 según el antiguo calendario ruso) de 1814. La casa estaba en la hacienda que su abuelo, también llamado Mijaíl, había comprado con los ingresos de su cargo de consejero de Estado y vicepresidente del Colegio de la Cámara de la zarina Catalina II.

Su tercer hijo, Alexandr, el padre de nuestro Bakunin, se doctoró en Filosofía en la Universidad de Padua (Italia) y estuvo destinado en el servicio diplomático. En estos círculos intelectuales se empapó de las ideas liberales de su tiempo.

Pronto dejó el servicio estatal y se dedicó a la administración de la hacienda familiar donde vivían también sus hermanas solteras. Alexandr se casó con Varvara Muraviev y tuvieron once hijos. Esta gran familia raramente abandonaba la casa, solamente por motivos de estudios o ya cuando se casaban.

En la casa paterna, a Mijaíl Bakunin le faltaron influencias radicales pero, sin embargo, estuvo permanentemente en contacto con el pensamiento humanista. Su padre había abandonado en cierta manera su liberalismo de juventud pero seguía manteniendo raíces rusonianas y enciclopedistas que fueron calando en el pensamiento de su hijo, todo acompañado con lecturas filosóficas y, en sus primeros años, de obras sobre la religión.

Esta característica de Mijaíl, sus lecturas y pensamientos, hicieron de él, ya desde muy joven, guía indiscutible de sus hermanos y hermanas. Se fue creando un microcosmos de libertad y solidaridad, una pequeña sociedad donde se favorecía el perfeccionamiento individual y donde afloraba un deseo de compartirlo con los demás, una voluntad de hacerlo partícipe a la humanidad entera.

EL 25 de noviembre de 1828 fue enviado a San Petersburgo para ingresar en su escuela de artillería. Sería un internado largo, aburrido y aborrecido.

En Petersburgo conoció a Nicolai Muraviev, pariente de la familia, que por medio de la poesía rusa le introdujo un sentimiento nacionalista eslavo que no llegó a desarrollarse gracias a la educación cosmopolita que había recibido en su casa y a su propio bagaje cultural. De todos modos fue algo que siempre le acompañaría.

En agosto de 1833 visitó a su familia en Pryamújino y tuvo un enfrentamiento con su padre al salir defensor de su hermana mayor que se negaba a casarse con un hombre que no amaba y sin embargo así lo habían acordado sus padres. Este enfrentamiento disipó la ilusión en la armonía y la felicidad de la familia patriarcal.

También la carrera militar era para él algo no deseado y tuvo problemas con sus superiores. Esto le supuso destinos en lugares lejanos y difíciles. Se sentía absolutamente aislado y soñaba con dedicarse al estudio de la Ciencia.

Consiguió al fin abandonar el ejército en diciembre de 1835. Rechazó un puesto de funcionario civil en Tver, obtenido por recomendación de su padre, ya que su propósito entonces declarado era instruirse para desarrollar una actividad científica, conseguir una cátedra y difundir el conocimiento obtenido con sus estudios.

En el otoño de 1835 visitó la hacienda de su amigo Stankovich, a quien había conocido en Moscú en marzo de ese año. Este joven sentía un gran interés hacia la filosofía de Kant y Schelling y este interés se transmitió a Bakunin. La visita produjo algunos sobresaltos sentimentales en los que intervino Bakunin. Era característico en él el inmiscuirse con fogosidad en esos problemas que deberían haber solucionado los afectados por sí mismos. Este rasgo lo mantuvo hasta el fin, se sentía una naturaleza intensamente social.

En 1836 se produjo la ruptura con su padre. Mijaíl se marchó a Moscú y se puso a estudiar para conseguir la tan anhelada cátedra de Filosofía. Para obtener dinero se dedicó a dar clases de matemáticas como profesor particular a la vez que acudía como oyente a la universidad. Estudió a Fichte, Schiller, Jean Paul, Hoffmann y Goethe. A pesar de todo, su proyectada independencia no se materializó entonces, de la misma manera que las dificultades económicas habrían de ser constantes en su vida.

A finales de mayo tuvo que volver a Pryamújino donde permaneció largo tiempo, la relación con su padre se había suavizado. Aprovechó esta estancia para convertir a sus hermanas y hermanos a la doctrina del Idealismo de Fichte, haciendo que poco a poco abandonasen la religiosidad formal que practicaban.

Llegó a concebir la idea de formar un pequeño círculo, ligado por la unidad de ideas y fines; sería en cierto modo la primera de sus futuras sociedades secretas.

En los siguientes años, hasta la década de los 40, su vida se fue cruzando con otras personas que habrían de influir en su desarrollo. Conoció a los círculos socialista y radical de Herzen y Ogarev. También contactó con grupos eslavófilos, en especial con Aksakov y Chaadev.

Realmente fue un tiempo de espera, con frecuencia muy penoso y siempre pensando en marcharse al extranjero.

Tenía ya 26 años cuando pudo dejar Rusia. Las circunstancias y fecha de su viaje se contienen con detalle en su conocida carta a Herzen (Tver, 20 abril 1840) quien le prestó dinero para su viaje a Berlín.

No conocemos todos los detalles de su evolución durante su estancia en Alemania hasta finales de 1842, pero está claro que se desarrolló hasta ser un revolucionario consciente.

Bakunin decidió trasladarse a Dresde en la primavera de 1842, después de tres semestres en la Universidad de Berlín. Aquí entró en contacto con el socialismo tal como venía desarrollándose en Francia y que se conoció en Alemania por el libro de Lorem Stein, que trazaba una perspectiva de las diversas tendencias socialistas y de sus respectivos argumentos.

El Gobierno ruso vigilaba a sus emigrantes y pronto se fijaron en Bakunin, lo que condujo a su marcha a Suiza acompañado por el poeta alemán George Herwegh. Se establecieron en Zúrich, por entonces un punto central de la propaganda literaria, política y revolucionaria.

Allí llegó a conocer la vida política del cantón y le defraudó de tal forma que le hizo perder sus ilusiones republicanas.

Durante su estancia coincidió con el comunista alemán Wilhem Weittling, conoció la doctrina comunista pero no pudo darle su aprobación, aunque siempre mantuvo buenas relaciones con algunos militantes. Bakunin sentía instintivamente la falta de libertad del comunismo.

Viajó a Ginebra, Lausana, Berna, todo le servía para ir conociendo a muchas personas.

En ese tiempo tuvo lugar una desgraciada aventura amorosa, la cual es casi desconocida por todos.

La policía suiza hizo público un informe sobre Weittling y el nombre de Bakunin salió a relucir. Esto alertó a la Embajada rusa, que le remitió la orden de regresar inmediatamente a Rusia.

Bakunin prefirió marcharse a Bruselas. Aquí tomó contacto con nacionalistas polacos y conoció sus aspiraciones de una Polonia libre e integrada por los territorios históricos de Polonia, Lituania y por partes de Rusia. Estos postulados ya no casaban con su mentalidad, ya en este momento internacionalista y federativo. Concurrían además factores religiosos y aspectos referidos a la propiedad de la tierra que separaba aún más sus posturas. Por su parte, los polacos lo consideraban como alguien poco fiable. De todos modos, ambas partes se tenían como factores útiles para la revolución. Las divergencias nunca se declararon con franqueza, pero todos los ensayos de acción común estaban condenados al fracaso.

En julio de 1847 persuadió a su amigo Reichel, a quien conocía desde Dresde, para establecerse en París. Allí se acercó en primer lugar a los círculos radicales alemanes cercanos al semanario Vorwaerts, donde conoció a Marx y Engels. Surgieron conflictos entre Marx, Ruge y Herwegh y como consecuencia el periódico desapareció. A Bakunin no le interesaron estas polémicas y tampoco se involucró en el movimiento, lo que sí hizo fue relacionarse con gusto con algunos comunistas alemanes, sobre todo con Herwegh y Karl Voge.

A la vez fue conociendo a socialistas franceses y a gente de la literatura y la política. Sintió un profundo afecto por Proudhon, cuyas ideas y personalidad le atrajeron grandemente. Se vio también con exiliados y visitantes rusos, italianos y de otros países, todos con sus ilusiones e ideas de una próxima revolución.

Podemos detenernos ahora en el desarrollo de su biografía y hacer una pequeña reflexión.

A pesar de la vida agitada e interesante de los años 1845, 1846 y 1847, Bakunin no podía sentirse satisfecho, no encontraba un campo de actividad práctica, las tendencias socialistas eran hostiles unas con otras y se limitaban a una vida artificial de publicaciones de libros, periódicos y reuniones. Es imposible presentar a Bakunin como miembro de una determinada tendencia, de quien más cercano se encontraba era de Proudhon, con sus planteamientos y su defensa del valor absoluto de la libertad, su empeño en abolir el Estado y su oposición a no reconstruirlo en nuevas formas le parecían los planteamientos adecuados.

Volvamos a su vida. En diciembre de 1844 el zar Nicolás, a propuesta del senado, promulgó un decreto por el cual Bakunin perdía todos los derechos civiles y nobiliarios, se confiscaban sus posesiones y se ordenaba su arresto y destierro a Siberia en caso de ser detenido en Rusia.

Esta amenaza no le frenó y volvió a aproximarse a los círculos conspirativos polacos cuya aspiración era la consecución de una república federativa de todos los países eslavos. También acabó alejándose de estos grupos, pero sus relaciones con el exilio polaco permitieron que un grupo de jóvenes polacos, fugitivos de Cracovia, le invitaran a participar en un mitin en recuerdo de la insurrección de 1830, el 29 de noviembre de 1847. Ese día leyó el famoso “Discurso a los polacos” para una reconciliación revolucionaria de polacos y rusos.

Esto molestó a la Embajada rusa, y a solicitud del embajador el Gobierno francés lo expulsó de su territorio.

El 19 de diciembre se dirigió a Bruselas. Allí volvió a acercarse a los círculos alemanes que gravitaban alrededor de Marx, quien ya por entonces le era profundamente antipático.

El embajador ruso al tiempo que solicitaba su expulsión propagó el rumor de que Bakunin era un agente provocador al servicio del Gobierno ruso. Bakunin lo negó en una carta, pero todo esto arrojaría una sombra de duda durante toda su vida.

El año 1848 llegó y es innecesario describir la alegría de Bakunin cuando al fin estalló la anhelada revolución. Esta alegría se mezclaba con la amargura al ver la completa ausencia de cualquier hecho revolucionario en Rusia. No solo era eso, sino que el Gobierno ruso colaboraba con Gobiernos de otros países para aplastar las insurrecciones en esos lugares.

Bakunin estaba dispuesto a todo para que la mecha revolucionaria prendiera también en su tierra. Consiguió un préstamo de 2.000 francos de varias fuentes, uno de los que contribuyeron fue el revolucionario francés Louis Blanc, y se dirigió a Alemania. Su viaje le llevó de Baden a Fráncfort y Colonia, después a Berlín, a Leipzig y a Breslau. Después acudió al Congreso de los eslavos en Praga. Siguió la Semana Sangrienta de Pentecostés en junio, a la que trató de dar una completa expansión e intensidad, aunque sin conseguirlo.

Siguieron unos meses de ciudad a ciudad, unas veces por su propia voluntad y otras, expulsado por las autoridades.

Cuando la insurrección se volvió a intensificar se dirigió a Leipzig, de allí a Praga y finalmente a Dresde. En mayo estalló la insurrección en la ciudad y Bakunin puso toda su energía en ella hasta que es sofocada y tiene que huir a Chemnitz (Sajonia), donde es arrestado con otros compañeros en la noche del 9 al 10.

Se puede decir que la actividad de Bakunin en la Revolución de 1848 estuvo marcada por su implicación con grupos nacionalistas, de todos modos fue una suerte que la insurrección de mayo en Dresde le proporcionara una ocasión para unos planteamientos y unos fines objetivamente revolucionarios.

Sus ideas por aquel tiempo hay que estudiarlas en sus documentos, escritos y cartas. Está comprobado que están en una posición radical a favor de la lucha de los pueblos contra los Gobiernos que los oprimen.

Siguió un año en las prisiones sajonas hasta la celebración del juicio. Fue condenado a muerte y después le conmutaron la pena por cadena perpetua. Más adelante fue extraditado a Austria, donde tuvo un nuevo juicio por su actividad revolucionaria en el Imperio y de nuevo fue condenado a muerte, conmutada la pena y a continuación extraditado a Rusia.

En San Petersburgo fue recluido en la Fortaleza de Pedro y Pablo. Al cabo de dos meses, en agosto de 1851, el zar envió al conde Orlov para pedir a Bakunin que escribiera una confesión de su vida y actividad. Así lo hizo, pero este largo escrito no cambió para nada su destino ya que Alejandro II no observó ningún arrepentimiento en la carta.

Se puede interpretar de muchas formas esta “Confesión”, pero objetivamente no contiene nada comprometedor, todo lo que puede parecer desagradable a nuestros ojos, es producto de la psicosis nacionalista que Bakunin todavía arrastraba.

El aislamiento en la Fortaleza y después en Schlusselburgo supuso para Bakunin un tormento moralmente insufrible. Por mediación de su familia le fue conmutada la prisión por el destierro en Siberia, una pena más liviana ya que podría disfrutar de una libertad mayor dentro de los límites de su lugar de destino. También se le permitió despedirse de su familia en la granja de Pryamújino.

El lugar de destierro era la ciudad de Tomsk, en Siberia Occidental. Allí conoció y trató a otros desterrados que estaban condenados en la misma zona.

Ocurrió que el gobernador general de Siberia Oriental era Muraviev-Amurski, un familiar de su madre, quien lo visitó en Tomsk y consiguió que lo trasladaran a la ciudad de Irkutsk, en Siberia Oriental, en marzo de 1859. Bakunin esperaba que las condiciones de su destierro mejoraran, incluso que Muraviev le consiguiese la amnistía. También creía que aunque todo fracasara, las probabilidades de fugarse eran mejores allí.

Al cabo de un tiempo, Muraviev dejó el cargo de gobernador y abandonó Siberia. Bakunin decidió entonces fugarse y en junio de 1861 huyó por el rio Amur y consiguió abordar un barco americano y allí escondido pudo salir de Rusia. Viajó por Japón, San Francisco, Panamá, Nueva York y llegó a Londres el 27 de diciembre. Se hospedó en la casa de Herzen y Ogarev e inmediatamente retomó su actividad revolucionaria. Su interés principal era conseguir que se produjera un movimiento revolucionario en Rusia, pero en ese momento no estaba tan solo como en 1848 y contaba con algunos aliados. Existían importantes movimientos sociales con el mismo objetivo: Chernishevski y su grupo, el movimiento “Zemlya i Volia” (tierra y libertad), los liberales y también los nacionalistas polacos. Esta situación en 1862 y 1863 propició innumerables oportunidades para la actividad de Bakunin, que continuó viajando por Francia, Alemania, Dinamarca y Suecia. Pero, una vez más, surgieron complicaciones que no permitieron el éxito. Estos continuos contratiempos le hicieron ver que en todos los países por donde pasaba las condiciones revolucionarias no eran las apropiadas. En su optimismo aún creía ver un lugar donde todavía era posible. Ese país era Italia y en la primera mitad de 1864 se estableció en Florencia.

En agosto de 1864 volvió a viajar a Londres, donde lo visitó Marx, y a Suecia. Estuvo en Bruselas y en París, donde se entrevistó con Proudhon.

Desde París volvió a Florencia, donde vivió hasta el verano de 1865, desde allí se dirigió a Sorrento y Nápoles donde se estableció hasta agosto de 1867.

Con sus experiencias se convenció de que los movimientos nacionalistas estaban ligados con los planes propios de los Estados y de esta manera Napoleón III y el Estado francés estaban favoreciéndolos para de esta forma debilitar a sus rivales como eran Rusia y los Estados alemanes. Fue abandonando sus simpatías hacia los nacionalistas eslavos y se decidió a formar, mediante la propaganda, a una serie de individuos para crear un movimiento revolucionario, antiestatal y libre de cualquier sentimiento religioso o de raza. Su propósito era conseguir adeptos en todos los países y hacer posible acciones simultáneas en muchos lugares.

Intentó servirse para ello de la masonería, pero esta colaboración no fructificó. Lo intentó por sí solo y consiguió formar un círculo de personas, una especie de sociedad secreta y que se conoció como Fraternidad Internacional. Fue incansable en su propaganda, tanto en persona como por correspondencia y reunió a un grupo de personas unidas por una idea y con un fin común.

Esta actividad implicó una ordenación ideas, ahora ya nitidamente antirreligiosas, antiestatales y ya claramente anarquistas y, naturalmente, la formulación de sus ideas socialistas

Cuando en septiembre de 1867 se constituyó en Ginebra la Liga de la Paz y la Fraternidad, Bakunin consideró a esa organización apropiada para difundir sus ideas y en ese sentido las expuso en su Congreso de 1868. Tuvieron poca acogida y Bakunin y sus compañeros la abandonaron y fundaron la Alianza de la Democracia Socialista.

En 1968 se presentaron para su ingreso en la Internacional, pretendieron mantener su “fraternidad” como grupo secreto dentro de ella. Con esta estrategia entró Bakunin en el movimiento obrero.

La Asociación Internacional de Trabajadores se había creado en 1864 y su militancia aumentaba muy lentamente. Desde 1869 fue ganando en espíritu revolucionario y en sus planteamientos teóricos (a través de huelgas y en el Congreso de Bruselas).

El momento es pues muy apropiado y Bakunin y sus correligionarios le dieron un gran impulso en su tendencia antiautoritaria y así se declararon muchas secciones de la Internacional: el Jura suizo, Francia, España, Italia, etc.

Bakunin era incansable en la propaganda y la Internacional recibió de él su verdadera vida y dimensión. Hay numerosos documentos sobre estos años, los principales asuntos en que tomó parte fueron la redacción del periódico L’Egalité, su implicación en los sucesos de la Comuna de 1871, también estuvo activo en relación a la guerra Franco-Prusiana, propaganda en Italia y España y por supuesto la publicación del libro Estatismo y anarquía.

Su defensa de la Comuna ante los ataques de Mazzini con un anuncio aparecido en Milán tuvo como consecuencia que gran número de jóvenes italianos se relacionaran con su grupo y se constituyeran como Alianza Revolucionaria Socialista, que llegó a ser el alma de la Internacional italiana. Un núcleo idéntico se formó en España siguiendo el impulso del compañero Fanelli, quien se desplazó hasta aquí llevando la idea antiautoritaria.

Dos veces, en 1870 y en 1873, estuvo Bakunin a punto de viajar a España, pero las circunstancias se lo impidieron.

Se sabe suficientemente que toda su actividad tenía por objeto la difusión y realización de las ideas del anarquismo colectivista. Esta pretensión era odiada por Marx y sus compañeros ya que su pretensión era la creación de partidos obreros socialistas demócratas que presentándose a las elecciones en los diferentes países, llegado el caso, podrían formar Gobiernos ya con tintes autoritarios. Por esto, Bakunin y toda su actividad revolucionaria y libertaria, eran un gran obstáculo para sus planes. Todo esto desembocó en ataques personales, calumnias y maniobras desde el aparato de la Internacional en Londres, completamente en manos de Marx.

El punto culminante lo constituyó el Congreso de la Internacional de La Haya, del 2 al 7 de septiembre de 1872, donde consiguieron la expulsión de la facción bakuninista. Este hecho tuvo como consecuencia la agrupación de las federaciones antiautoritarias que inmediatamente convocaron un Congreso en la ciudad suiza de Saint-Imier donde se consiguió la unión de todos los elementos revolucionarios libertarios, aparte de sentar las bases del anarquismo.

En agosto de 1874 se preparó en Italia un movimiento insurreccional en varias ciudades. Bakunin participó en el de Bolonia. Al fracasar tuvo que huir a Suiza. Este sería su último viaje revolucionario.

Su vida transcurriría entre periodos de cierto bienestar económico y fases de pobreza. Su salud, ya muy deteriorada por su azarosa vida y sus años en prisión, le hizo marchar a Berna para ser cuidado por su amigo el doctor Vogt.

Bakunin murió en esa ciudad el 1 de julio de 1876. Juan Ruiz

Publicado en el número 313 del periódico anarquista Tierra y libertad (agosto de 2014)

Bakunin: Cuando las ideas son la práctica.

Ya han pasado 200 años desde que nació Mijaíl Bakunin, y aunque podrían parecer muchos en la época en la que todo cambia a velocidad vertiginosa, la realidad es que las cosas no han cambiado tanto y las bases de lo que vivimos hoy ya estaban más que asentadas en la época que vivió Bakunin.
Bakunin es, sin lugar a dudas, una de las figuras del anarquismo más conocidas y posiblemente sobre el que más se haya hablado o escrito. Así pues, ¿por qué volver nuevamente a retomar su figura y su pensamiento?
Son muchas las razones que podríamos dar. Pero no, no vamos a esbozar ninguna, vamos simplemente a utilizarle (sabemos que se prestará encantado) para profundizar en el desarrollo del anarquismo, en una parte muy destacada de su base filosófica.
Previamente, hemos de ser conscientes de que el anarquismo está presente desde el origen de la humanidad y, por supuesto, anterior a ésta, en la naturaleza. Que los principios de solidaridad y apoyo mutuo constituyen un factor fundamental en el desarrollo del mundo tal cual lo conocemos (a pesar de la negación y olvido constantes a que ha sido y es sometido).
Os invitamos a, con la ayuda de Bakunin, volver a empuñar con más fuerza que nunca las valiosas herramientas que nos proporcionamos en el anarquismo para transformar nuestra realidad.

¿Quién fue Bakunin?

Lejos de nuestra intención describir los episodios que constituyen la vida de Bakunin que, por otra parte, ya ha sido llevado a cabo en otro artículo de este mismo periódico. Sólo mencionar algunos que nos ayudarán en nuestro desarrollo posterior.
Bakunin fue un hombre de acción, participando en todo tipo de actividades de agitación, propaganda y demolición de los sistemas basados en el autoritarismo de cualquier tipo y condición, sin importar momento y lugar: Dresde, París, Praga, Napolés, Ginebra son algunas de las ciudades donde estuvo participando activamente en una lucha continua por la libertad, no en su concepción abstracta e ideal sino en su concepción individual, terrenal y presente. De hecho, nadie mejor que él encarna su propia visión de la naturaleza y por ende del ser humano: eterna transformación, cambio incesante.
Esta frenética actividad, continua y constante unida a sus años en prisión (1849-1857) y posterior exilio (hasta su fuga en 1861) probablemente habría dejado poco tiempo a Bakunin para plasmar sus ideas en forma de largos textos donde sentar las bases de su pensamiento. Podemos considerar la hipótesis, conociendo los escritos que nos han llegado y sus ideas que, muy posiblemente, ni siquiera fuera su intención llevar a cabo tal propósito, pero aunque no fuera así, utilizaremos palabras del propio Bakunin que sirven para ilustrar su concepción al respecto:
“Y en el hombre de genio mismo, la invención, la concepción sublime o el acto heroico no se producen espontáneamente; son siempre el producto de una larga preparación interior, que a medida que se desarrolla no deja nunca de manifestarse de una manera o de otra”.
“Yo creo haber dicho bastante para demostrar que en el hombre no hay ser íntimo que no esté completamente manifestado en la suma total de sus relaciones exteriores o de sus actos en el mundo exterior”.
Es decir, no hay un acto o una creación suprema, un legado concreto, todas las cosas que hacemos influyen en nuestro entorno y somos el resultado colectivo del pasado y el presente en eterna evolución.
Una breve mención al contexto histórico y social nos ayuda a entender mejor el momento: desde el Renacimiento y la Reforma la burguesía había tomado la iniciativa para derrocar el poder político, ejercido por la nobleza y la Iglesia. Librepensadores, reformadores religiosos… habían ido lentamente sentando las bases del cambio: “Había proclamado la decadencia de la realeza y de la Iglesia, la fraternidad de los pueblos, los derechos del hombre y del ciudadano”. La razón, especialmente desde la Revolución francesa, se había convertido en la base sobre la que reorganizar Estado y sociedad.
Pero para la revolución definitiva (en sus diferentes episodios) la burguesía tenía que contar con el pueblo. Y tras su triunfo se inició el proceso para restablecer el orden, valiéndose de los clásicos medios que había utilizado el poder para someter al pueblo: la fuerza o represión física y la represión moral, los viejos hábitos tomaron nuevas formas para hacer el engaño más sutil y se fueron gestando términos como monarquía constitucional, democracia parlamentaria… sin duda nos resultan familiares ¿verdad?
Pero no nos adelantemos, volvamos nuevamente a Bakunin, apenas es un joven de 15 años procedente de la nobleza, con buena posición, que acaba de ingresar en el ejército. Destinado posteriormente a Polonia, el horror causado por el ejército ruso en la población polaca impresionó al joven, que abandonó el ejército y reafirmó lo que sería una de las máximas durante su vida, el desprecio al autoritarismo, avanzando los años se convertiría en el desprecio al poder en todas sus manifestaciones.
Al poco tiempo Bakunin comienza a estudiar filosofía mostrando un gran interés, tanto que a la edad de veintiséis años se traslada a Alemania para prepararse para una cátedra de filosofía o historia. No sería posible obviar que Bakunin “se sumergió” en la filosofía de Hegel, el filósofo alemán había muerto sólo nueve años antes de que Bakunin llegará a Alemania y su influencia, no sólo en Alemania sino también en otros países europeos incluida Rusia, era enorme.
Indudablemente Bakunin estudió e interpretó a este destacado idealista, al igual que otros autores del momento, como también estaba al tanto del materialismo dialéctico (derivado de aquel), el positivismo y otras corrientes filosóficas que confluyeron en esa época.
Sí, posiblemente encontraríamos conexiones con muchos otros pensadores tanto anteriores como contemporáneos a Bakunin: él mismo menciona en sus escritos a Platón, Aristóteles, Kant, podríamos señalar también a los empiristas ingleses… Pero, tal y como pretendemos mostrar, dándoles un desarrollo propio que conduce, de manera totalmente lógica y consecuente, a la revolución social a través de la libertad del individuo, desde luego una meta mucho más ambiciosa y para nosotros más liberadora y realizable que la justificación o existencia del orden establecido, que eran lo que las otras corrientes o razonamientos han llevado a cabo, con más o menos intención.
Bakunin fue analizando los instrumentos y razonamientos que brindaban todas esas teorías unido al desarrollo lógico de lo cognoscible hasta sus últimas consecuencias desembocando de manera natural en la demolición del orden establecido, en un apasionado combate cuerpo a cuerpo con cada una de sus manifestaciones, que nos aprisionan en nuestro desarrollo vital.

Naturaleza y ser humano

Para comenzar a desentrañar sus ideas podemos comenzar por su visión de la naturaleza, del mundo. Obviamente va íntimamente ligada a sus ideas sobre la humanidad, la sociedad en un todo integral e indisoluble. Así podemos leer su definición de naturaleza:
“Naturaleza es la suma de las transformaciones reales de las cosas que se producen y que se producirán incesantemente en su seno”.
“La unidad real del universo (…) eterna transformación, un movimiento infinitamente detallado, ordenado en sí pero sin comienzo, ni límite, ni fin (lo contrario absoluto de la providencia, la negación de Dios)”.
¿Qué necesidad tendría, pues, el ser humano de emanciparse de la naturaleza? ¿Y de dominarla? Ciertamente ninguna, pues forma parte de ella y ninguna posibilidad de conseguirlo por la misma razón. Lo que sí puede es modificar “el mundo exterior, material y social” que le rodea hacia la libertad que “es la independencia frente a pretensiones y actos despóticos de los hombres; es la ciencia, el trabajo, la revuelta política, es, en fin, la organización, a la vez reflexiva y libre, del medio social, conforme a las leyes naturales inherentes a toda humana sociedad”.
La naturaleza no sólo no le resta libertad al individuo sino que una vez que se reconoce a sí mismo como ser natural le ayuda a conseguirla.
Como parte integrante de la naturaleza, el ser humano presenta unas características más o menos propias: capacidad de abstracción y análisis, englobadas ambas dentro del concepto de “inteligencia” y capacidad de tomar partido denominada “voluntad”. Ninguna de las dos son independientes del mundo material, sino su producto y también su origen… en ese encadenamiento y transformación continua, lo cual nos lleva a otra interesante idea: no existen las ideas espontáneas como tampoco existen los actos espontáneos de la voluntad, el libre arbitrio y la responsabilidad en el sentido teológico, metafísico o jurídico de la palabra. Así Bakunin da un mazazo definitivo a la moral:
“Se dirá aún que al atacar el principio de la responsabilidad humana, destruyó el fundamento principal de la dignidad humana. Sería perfectamente justo si esa dignidad consistiese en la ejecución de proezas sobrehumanas, imposibles, y no en el pleno desenvolvimiento teórico y práctico de todas nuestras facultades […]. La dignidad humana y la libertad individual, tales como las conciben los teólogos, los metafísicos y los jurisconsultos, dignidad y libertad fundadas en la negación en apariencia tan altiva de la naturaleza y de toda dependencia natural, nos lleva lógica y directamente al establecimiento de un despotismo divino, padre de todos los despotismos humanos; la ficción teológica, metafísica y jurídica de la humana dignidad y de la humana libertad tiene por consecuencia fatal la esclavitud y el rebajamiento reales de los hombres en la tierra”.
Bakunin no estaba interesado en la construcción de un sistema filosófico complejo en el que los conceptos y su desenvolvimiento acabaran tomando mayor cuerpo e importancia que la propia finalidad y nos alejaran de la realidad material, tangible; la verdadera realidad más o menos trastocada por nuestras capacidades naturales de percepción pero latente, existente, en continuo cambio.
Para Bakunin la finalidad de la persona es su pleno desarrollo individual. Así es en su cotidianeidad, en su círculo exterior próximo, social e interior donde el ser humano es capaz, puede y debe conquistar su libertad en un acto de emancipación racional emanado de su propia corporeidad y capacidad. Se cuestiona así el statu quo y surge la lucha de clases.
Analiza cuáles son los impedimentos actuales a esa emancipación, a la realización completa del ser humano individual y cómo se han ido gestando hasta el momento actual.

Sobre Escila (o la religión)

Sin duda encuentra en la religión un formidable obstáculo, contra el que Bakunin argumentó enconadamente, consciente de cuántos siglos y cuánto esfuerzo se había puesto en su construcción y de cómo sus influencias se extendían mucho más allá.
“Que no parezca mal a los metafísicos y a los idealista religiosos, filósofos, políticos o poetas: la idea de dios implica la abdicación de la razón humana y de la justicia humana; es la negación más decisiva de la libertad humana y lleva necesariamente a la esclavitud de los hombres, tanto en la teoría como en la práctica”.
“Como celoso amante de la libertad humana y considerándola como la condición absoluta de todo lo que adoramos y respetamos en la humanidad, doy vuelta a la frase de Voltaire y digo: ‘Si dios existe realmente, habría que hacerlo desaparecer’”.
Desenmascaramiento del mundo de las ideas (que engloba religión, teología y metafísica: para Bakunin la metafísica no es otra cosa que psicología), ya que no es más que una evolución creciente de la abstracción elaborada por la mente humana colectiva, partiendo de los fenómenos observables y naturales, hasta despojarlos completamente de cualquier vestigio material (real). Este mundo paralelo no constituye una base filosófica necesaria e inherente a la condición humana.
Bakunin era consciente de que para destruir la idea debe analizar cómo se ha gestado, estudia su generación y desarrollo hasta apropiarse de la realidad.
“Todas las religiones, con sus dioses, sus semidioses y sus profetas, sus mesías y sus santos, han sido creadas por la fantasía crédula de los hombres, no llegados al pleno desenvolvimiento y a la plena posesión de sus facultades intelectuales; en consecuencia de lo cual, el cielo religioso no es otra cosa que un milagro donde el hombre, exaltado por la ignorancia y la fe, vuelve a encontrar su propia imagen pero agrandada y trastocada, es decir, divinizada. La historia de las religiones, la del nacimiento de la grandeza y de la decadencia de los dioses que se sucedieron en la creencia humana, no es nada más que el desenvolvimiento de la inteligencia y de la conciencia colectiva de los hombres. A medida que, en su marcha históricamente progresiva descubrían, sea en sí mismos, sea en la naturaleza exterior una fuerza, una cualidad o un gran defecto cualquiera, lo atribuían a sus dioses, después de haberlos exagerado, ampliado desmedidamente como lo hacen de ordinario los niños por un acto de su fantasía religiosa. Gracias a esa modestia y a esa piadosa generosidad de los hombres creyentes y crédulos, el cielo se ha enriquecido con los despojos de la tierra y, por una consecuencia necesaria, cuanto más rico se volvía el cielo, más miserable se volvía la tierra. Una vez instalada la divinidad fue proclamada naturalmente la causa, la razón, el árbitro y el dispensador absoluto de todas las cosas: el mundo no fue ya nada, la divinidad lo fue todo; y el hombre, su verdadero creador, después de haberla sacado de la nada sin darse cuenta, se arrodilló ante ella, la adoró y se proclamó su criatura y su esclavo”.
Si analizamos el caso concreto del “mundo occidental” tenemos una combinación de varios elementos que desembocan en el cristianismo: “Por consiguiente, el egoísmo personal y grosero de Jehová, la dominación no menos brutal y grosera de los romanos y la ideal especulación metafísica de los griegos, materializada por el contacto del oriente, tales fueron los tres elementos históricos que constituyeron la religión espiritualista de los cristianos”.
Desde luego la conclusión de Bakunin sobre el cristianismo es demoledora:
“En efecto, era preciso un profundo descontento de la vida, una gran sed del corazón y una pobreza poco menos que absoluta de espíritu para aceptar el absurdo cristiano, el más atrevido y monstruoso de todos los absurdos religiosos”.
Más interesante aún que la generación son las consecuencias, fatales, ya que sobre este armazón sólo puede construirse una moral castradora del ser humano pero muy adecuada para sustentar el orden establecido.

El idealismo en práctica: Caribdis

En el sistema idealista el individuo existe anteriormente como ser inmortal y libre, alma, por lo tanto no necesita de la sociedad para realizarse, para ser libre. Su parte mortal es la que es dependiente del exterior, por ello debe asociarse a otros seres humanos únicamente debido a las necesidades de su cuerpo. Así es como se configura la vida en sociedad como un sacrificio del alma (libre e inmortal) debido a las imperfecciones del cuerpo. En una renuncia, cuanto menos, parcial a su libertad, una sumisión del ser interior al cuerpo exterior material.
Es así como comienza el tortuoso camino hacia el sometimiento humano:
“El individuo que goza de una libertad completa en el estado natural, es decir, antes de que se haya hecho miembro de ninguna sociedad, sacrifica cuando entra en esta última, una parte de esa libertad, a fin de que la sociedad le garantice todo lo demás. A quien demanda la explicación de esa frase se le responde ordinariamente con otra: ‘La libertad de cada individuo no debe tener otros límites que la de todos los demás individuos’.
En apariencia nada más justo, ¿no es cierto? y, sin embargo, esa frase contiene en germen toda la teoría del despotismo”.
Cuál es finalmente la progresión en la que desemboca esta concepción de lo humano si lo aplicamos al entorno social: el fomento de la individualidad y la negación de la moral; en resumen, el materialismo más brutal: la explotación, el nacimiento del capitalismo que ahora sufrimos en todo su desarrollo.
Ya que si no necesito de la sociedad más que para cubrir mis necesidades materiales, ni me realizo ni soy más libre en sociedad. Por tanto, sólo voy a establecer ese tipo de relaciones con el resto de la humanidad, sólo establezco relaciones económicas en las que intento cubrir mis necesidades materiales de la mejor forma posible, sin importarme nada más. Lo que convierte a cada individuo en explotador.
Así la humanidad entera es explotadora, una parte de hecho y la gran mayoría en teoría, pero que en la práctica sufre dicha explotación. Convirtiendo a la sociedad en una guerra en la que una minoría vive a costa del resto.
Aparece así el otro el otro obstáculo formidable para la emancipación humana: El Estado o Gobierno, condición indispensable y garante para que exista y se mantenga la explotación.

¿Cómo puede conseguirse la libertad individual?

El materialismo, por el contrario, aboga por la realización de la persona en sociedad. La sociedad deja de ser una limitación para pasar a ser una necesidad para el ser natural y material que es el ser humano. Esta es la teoría que defiende Bakunin, el materialismo teórico que se convierte en el idealismo práctico en manos de las masas oprimidas.
La libertad real, tangible, realmente liberadora sólo es posible en sociedad y a través de la libertad colectiva.
“No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de otro, lejos de ser un límite o la negación de mi libertad es al contrario su condición necesaria y su confirmación. No me hago libre verdaderamente más que por la libertad de los otros, de suerte que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más vasta es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia se vuelve mi libertad”.
Sí es cierto, al igual que hemos pensado alguna vez (o más de una), Bakunin constata la desoladora lentitud con que se lleva a cabo el cambio social debido a la mutilación de la capacidad de rebelión:
“La inmensa mayoría de los individuos humanos, no solamente entre las masas ignorantes sino también en las clases privilegiadas, no quieren y no piensan más que lo que todo el mundo quiere y piensa a su alrededor; creen sin duda querer y pensar por sí mismos, pero no hacen más que reproducir servilmente, rutinariamente, con modificaciones por completo imperceptibles y nulas, los pensamientos y las voluntades ajenas. Ese servilismo, esa rutina, fuentes inagotables de la trivialidad, esa ausencia de rebelión en la voluntad de iniciativa, en el pensamiento de los individuos son las causas principales de la lentitud desoladora del desenvolvimiento histórico de la humanidad”.
A pesar de todo, la humanidad es capaz de emanciparse, ser libre ¿cómo? Utilizando dos de las facultades que la caracterizan: el pensamiento y la necesidad de rebelarse no contra la naturaleza, lo cual sería una pérdida de tiempo, como ya hemos comentado, sino contra su entorno social.
No por casualidad ambas facultades fueron mitificadas en el Génesis (y anteriormente en otras culturas), eso sí, atribuyéndoles connotaciones negativas, a través del acto de desobediencia que supone probar el fruto del árbol de la ciencia.
Así la ciencia contribuye decisivamente al beneficio de la humanidad, pero Bakunin nos advierte de lo peligroso que sería la suplantación de la élite religiosa por la élite científica. La ciencia es indispensable para el ser humano pero incapaz de considerar la individualidad y darle la importancia que tiene, su intromisión en la sociedad sería nefasta. Como cualquier otro grupo, su constitución como grupo de poder nos dejaría en el mismo punto en el que nos encontramos.
“Lo que predico es, pues, hasta cierto punto, la rebelión de la vida contra al ciencia, o más bien contra el gobierno de la ciencia. No para destruir la ciencia –eso sería un crimen de lesa humanidad-, sino para ponerla en su puesto, de manera que no pueda volver a salir de él. Hasta el presente toda la historia humana no ha sido más que una inmolación perpetua y sangrienta de millones de pobres seres humanos a una abstracción despiadada cualquiera: dios, patria, poderes del Estado, honor nacional, derechos históricos, derechos jurídicos, libertad política, bien público”.
Aquí se establece la diferencia fundamental con el materialismo desarrollado por Marx y su evolución posterior: para Bakunin no sólo no es necesario ni indispensable la existencia de una élite que dirija al pueblo hacia su emancipación sino que es fatal. Con una clarividencia asombrosa, debido a la utilización de la lógica más inexorable, nos lleva hasta una de las máximas anarquistas, la necesidad de la adecuación de los medios a los fines: no es posible conseguir la libertad ni colectiva ni individual, la revolución social ni la emancipación del proletariado a través del poder, por muy buenas intenciones e ideas que sostenga la élite que ostenta el poder y sólidas que sean sus bases.
Las divergencias entre Marx y Bakunin son un tema ampliamente conocido sobre el que no consideramos preciso extendernos demasiado. A pesar de la falsas y reiteradas acusaciones de ser un agente al servicio del zar que culminaron con la expulsión de Bakunin de la Internacional en el Congreso de La Haya en 1872, éste nunca dejó de reconocer la grandeza de Marx.
También queremos destacar la importancia vital que en ese cambio social, Bakunin confiere a la educación. Para Bakunin la enseñanza debe extenderse a la humanidad entera pero buscando la emancipación, no el sometimiento, destruyendo la idea de dios, la piedad y la obediencia para construir una educación basada en la razón, la ciencia, la dignidad y el respeto humanos.

Entonces ¿quién es Bakunin?

Para terminar nos gustaría volver a retomar el concepto inicial de Bakunin, que ya hemos tratado, el de la transformación como necesidad, como fuerza vital:
“Todas las cosas actualmente existentes, incluso los mundos conocidos y desconocidos, con todo lo que ha podido desarrollarse en su seno, son los productos de la acción mutua y solidaria de una cantidad infinita de otras cosas, de las cuales una parte, infinitamente numerosas, sin duda, no existe bajo sus formas primitivas, pues sus elementos se han combinado en cosas nuevas”.
El ser humano no es ajeno ni a la definición de universo, ni a la de cosa, lo que traducido al colectivo humano significa que “las concepciones geniales, lo mismo que esos grandes actos heroicos que por momentos abren una nueva dirección en la vida de los pueblos, no nacen espontáneamente ni en el hombre de genio ni en el ambiente social que le rodea, que le alimenta, que le inspira, sea positivamente, sea de una manera negativa. Lo que el hombre de genio inventa o hace se encuentra ya desde hace largo tiempo en estado de elementos que se desarrollan y que tienden a concentrarse y a formarse más y más, en esta sociedad misma a la cual lleva, sea su invención, sea su acto”.
Ahora ya podemos contestar a la pregunta de ¿quién es Bakunin? En su inicio fue consecuencia pero ahora ha pasado a ser origen y causa de nuestra emancipación, parte de la transformación hacia nuestra realización como seres humanos.
Cristina Ballesteros
Publicado en el número 313 del periódico anarquista Tierra y libertad (agosto de 2014)
Fuente: http://acracia.org/Acracia/Bakunin._Cuando_las_ideas_son_la_practica.html

Bakunin: El hombre, las ideas.

Mijaíl Bakunin es, sobre todo, un revolucionario. No es un anarquista de salón, es un hombre de acción que no escribió su primer texto político hasta 1842 y siempre consideró que su producción teórica estaba subordinada a su acción revolucionaria. Su biógrafa Helena Iswolsky apunta: “Los escritos de Bakunin están compuestos por cuartillas dispares, proclamas, cartas, artículos de propaganda, arreglado todo a voluntad de los impresores clandestinos o de los amigos a quienes confiaba con frecuencia sus pruebas. Daba a sus camaradas libertad absoluta para retocar y abreviar, sin tener ningún amor propio de autor”. ¿Quiere eso decir que su labor teórica es menor o de escaso interés? En absoluto; pero si es verdad que encontramos en él más intuiciones que certezas. Pero, ¿no es esa, precisamente, una de las señas de identidad del anarquismo?
Así fue porque Bakunin así lo quiso: era hijo de su tiempo y su tiempo fue el del romanticismo. Mientras Marx, con puntualidad prusiana, pasaba las tardes en el mismo pupitre de la biblioteca del Museo Británico, él apuró apasionadamente la vida: luchó en las barricadas en Dresde, Praga o Lyon; fue condenado a muerte en Alemania, el imperio Austro-Húngaro y Rusia; vivió como mísero emigrante en una docena de países…
Quizás por eso su pensamiento no es estático ni monolítico; realizó una tarea titánica al llevar sus reflexiones más lejos que los socialistas utópicos, atados a los convencionalismos burgueses, y más lejos que Marx, siempre deudor de su academicismo y su rígido racionalismo. Sólo después de 1860 pudo fijar los postulados de su ideario, pero en poco más de una década sentó las bases teóricas del anarquismo contemporáneo.
¿Cuáles son esas bases? La primera es la libertad. Bakunin nació en 1814 en la Rusia zarista, un imperio autocrático en una Europa que aún luchaba por romper las trabas del Antiguo Régimen, cuando la libertad individual y colectiva había que conquistarla cada día. Pero fue más allá de los postulados de la burguesía liberal; para Bakunin la libertad de cada uno de nosotros no termina donde empieza la del otro; por el contrario la libertad de los otros es complementaria de la mía: “Yo sólo soy verdaderamente libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, sean igualmente libres, y cuanto más numerosos sean los hombres libres que me rodean, y más profunda y duradera su libertad, tanto más extensa, más profunda y más duradera será la mía”. Porque él no es un individualista; no es Stirner y no es Nietzsche. Para Bakunin la sociedad es una construcción humana pero insustituible; no quiere aislarse de ella ni remontarse por encima de ella como un superhombre: quieren transformarla de raíz. Y esa raíz es la libertad.
En segundo lugar, yo señalaría el materialismo, una herencia de su pasión juvenil por Hegel, cuya filosofía abrazó con la misma convicción con que rompió con el idealismo de Fitche, cuyas obras le habían abierto el apetito por el pensamiento abstracto; quizás por eso siempre le quedó un poso idealista. Para Bakunin las dos realidades materiales a las que no podemos sustraernos son la Naturaleza y la Sociedad. El resto de las instituciones, incluyendo el Estado y la Iglesia, son construcciones humanas que pueden y deben ser superadas, pues sólo han sido levantadas para coartar nuestra libertad.
En tercer lugar, destacaría su humanismo. Se ha repetido que los anarquistas recogían una herencia rousseauniana y creían que “el hombre es bueno por naturaleza”. Nada más lejos de Bakunin, que sostenía que si creemos en una naturaleza común a todos los individuos, ésta tiene que ser anterior y superior a ellos y sólo puede ser Dios, un concepto cuyo materialismo rechaza. Por tanto, no nacemos buenos y tampoco se nos puede coaccionar a ser buenos, debemos de serlo como una premisa ética, y de ahí la importancia de la coherencia entre fines y medios: no hay otra guía de vida que la ética. Ese humanismo le empujó al colectivismo económico; no era contrario a la propiedad colectiva, pero se oponía a eliminar aquella propiedad individual que no generase explotación.
Huyendo de las abstracciones, intervino en los debates más acuciantes de su tiempo: el nacionalismo y la lucha de clases. Siempre hostil al nacionalismo ruso, en su juventud defendió el paneslavismo, implicándose en las revueltas en Polonia o Praga, pero desengañado de esta experiencia, se desembarazó del nacionalismo decimonónico. Firme internacionalista, defendía el afecto a lo que llamamos la patria chica, pero se oponía a que ese sentimiento tuviese una dimensión política; es decir, para Bakunin la protección de los particularismos de los distintos pueblos no podía desembocar en la formación de Estados propios, que sólo serían nuevos instrumento de opresión.
Y no fue ajeno, desde luego, a la lucha entre la burguesía y el proletariado. Para Bakunin la adscripción a una de las dos facciones enfrentadas no podía establecerse exclusivamente en base a presupuestos económicos: la diferencia no estaba en la desigual capacidad económica de unos y otros. El problema, según lo veía, no era que la acumulación de riqueza crease una clase social superior y ésta consolidase esa supremacía mediante instituciones políticas, sino que los que detentaban el poder político siempre terminaban por oprimir a los demás y de actuar en su propio beneficio. Opinaba que fuese cual fuese el modelo económico, las élites siempre actuaban en provecho propio y en contra de la libertad y los intereses de la mayoría; una ley universal que valía para la aristocracia feudal y para la dictadura del proletariado. Además, tampoco creía que los obreros de la industria moderna tuviesen ninguna superioridad sobre las demás clases sociales oprimidas y explotadas (campesinos, artesanos, lumpemproletariado…), así que, a pesar de su afición por las sociedades secretas, también se opuso a cualquier vanguardismo.
Hablar de las ideas de Bakunin es hablar de Bakunin, pues no hay distancia entre su vida y su obra. Como dice su biógrafo H. Kaminsky, “Marx es estudiado, Bakunin imitado”.
Juan Pablo Calero Delso
Publicado en el número 313 del periódico anarquista Tierra y libertad (agosto de 2014)
Fuente: http://acracia.org/Acracia/Bakunin,_el_hombre,_las_ideas.html